La monoparentalidad es una forma de vida complicada, pero enriquecedora. Quizá sea la forma de vivir la maternidad y crear vínculos más intensa. Y digo maternidad porque más del 80 % de las familias monoparentales están encabezadas por mujeres. Estás sola frente al mundo, con tus hijos e hijas, y asumiendo todas las responsabilidades, pero también generando unos lazos mucho más intensos.
Aun así, los problemas a los que se enfrenta una familia monoparental son muchos y alguno de los que nos podemos encontrar son: sobrecarga, soledad, dependencia, baja autoestima, estigmatización, desempleo, riesgo de exclusión…
Todo esto hace que las familias monoparentales tengan más riesgo de sufrir tanto problemas de salud física como mental, siendo la salud imprescindible para el desarrollo de una buena vida, y para poder hacer frente a las situaciones y problemas que se plantean en el día a día. Tanto la salud física como la mental son necesarias para un buen desarrollo vital. Hoy en día se habla mucho de la salud mental, mientras que antes era un tabú que se mantenía en secreto ante el miedo de ser tachadas de “locas”. Es indiscutible que los problemas de salud mental afectan a una parte importante de la población, con especial mención a las familias monoparentales por su sobrecarga de responsabilidades. Trabajar en su prevención ayuda, sin ningún género de dudas, a la calidad de vida.
Es importante tenerlo en cuenta y no sólo cuidar, si no también cuidarnos, pues en ocasiones anteponemos las necesidades ajenas sobre las nuestras. Sobre todo si esas necesidades son de nuestros hijos e hijas. Esto es lo habitual, pero debemos tener en cuenta que ninguna somos superwoman, sino que somos simples mortales con un límite de resistencia ante todas y cada una de las situaciones complicadas que se nos presentan continuamente. Tenemos que dar la importancia que se merece a nuestro propio cuidado y salud.
En España, los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) en su Encuesta Continua de Hogares, nos dicen que:
Hay en nuestro país 1.944.800 hogares monoparentales y el 81% están encabezados por una mujer, lo que hace imprescindible el enfoque de género en todos los estudios y medidas adoptadas para estas familias. Hablar de monoparentalidad es hablar de mujeres, y mejorar la vida de las mujeres es mejorar la vida de las familias monoparentales.
La monoparentalidad es la forma de vivir la maternidad en solitario, asumiendo todas las responsabilidades que esto conlleva: económicas, de cuidados, de conciliación… Es decir, de todos y cada uno de los aspectos de la vida. Todas las decisiones son unilaterales y las consecuencias también. Cargar con este peso, con el temor a equivocarte, con la posibilidad de no poder cubrir las necesidades de tus hijos e hijas y no poder compartir ninguno de estos miedos, genera una sobrecarga mental que afecta seriamente a las “cabezas de familia”, de las nuestras, las monoparentales. Esto se traduce en un riesgo importante para nuestra salud física y mental que no debemos ignorar y que, en la medida de lo posible, debemos intentar solucionar.
Esto sólo se puede solucionar si se da un cambio estructural que nos permita, al menos en cierta medida, contar con el apoyo de las distintas instituciones que deberían tener en cuenta las características de nuestro modelo familiar y nuestras necesidades, diferentes a las de una familia biparental. Por lo tanto, tendrían que tomar medidas que nos coloquen en igualdad de condiciones con el resto de las familias. Es cierto que, en algunos casos, nuestras familias cuentan con redes de apoyo de familiares y amistades que nos pueden echar una mano, pero no siempre es así, por lo que debemos exigir que se nos tenga en cuenta como familias con condiciones específicas que si no se corrigen colocan a más de 4.000.000 personas en riesgo de no poder acceder a una vida justa y claramente diferente a las familias tradicionales.
La tradición es solo eso: tradición. La realidad se impone y nuestras familias son las que más crecen, no sólo en nuestro país, sino también en el resto de Europa, por poner un contexto internacional cercano y que influye en nuestro día a día. E incluso crecen en el resto del mundo. Un mundo que cambia, y una sociedad que debe adaptarse a esos cambios. Uno de esos cambios constantes son todos los nuevos modelos familiares, alejados de la familia tradicional. La realidad familiar varía y, por lo tanto, las medidas tomadas deben tener en cuenta ese cambio para que el conjunto de la sociedad se beneficie de ellas y no sólo un modelo, que desde luego no es ni el único ni el que más crece. La monoparentalidad ya no es un estigma, aunque, en muchas ocasiones, sigamos padeciéndolo.
Por todo esto es imprescindible que contemos con ayudas públicas que liberen parte de esta carga, para que así podamos dedicar tiempo a nosotras mismas, y abandonemos el papel único de madres para pasar a ser mujeres que somos madres. Como mujeres, necesitamos poder tener una vida completa, disponer de nuestro tiempo y compartir con nuestros hijos e hijas tiempo de calidad y no de preocupación. Que nuestros días no empiecen con preocupación y acaben de la misma manera. Que el sistema nos cuide para poder cuidar. Porque somos sujetos de derechos, no sólo de obligaciones.
Por una Ley de Familias Monoparentales
Como siempre, aprovechamos para reivindicar la necesidad de una Ley Estatal de Familias Monoparentales que nos tenga en cuenta y nos permita vivir en igualdad de condiciones con el resto de las familias. Que nuestra vida no esté sujeta al riesgo de pobreza y exclusión social al que las condiciones actuales, y según diversos estudios, nos empuja a nuestras familias. Queremos, no exigimos, un sistema justo, un sistema que no nos empobrezca y que permita que nuestra vida se desarrolle con la misma dignidad que la de todo el mundo.
Queremos que el sistema nos cuide, porque lo merecemos y porque si nuestras obligaciones son las mismas, nuestros derechos también deben serlo.
Por nosotras, por nuestros hijos e hijas.
